"Muchas personas han normalizado vivir agotadas, aceleradas o emocionalmente desconectadas"
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¿Qué haría una persona si le dijeran que le queda un año de vida? Esa es la pregunta que plantea El hilo rojo de la felicidad (Ediciones Isthar, 2026), la primera novela de Thais Alonso, consultora, conferenciante y autora que vive entre Madrid y Málaga. Con una sólida trayectoria como terapeuta y consultora en bienestar emocional y salud mental en organizaciones, Alonso ha acompañado a altos directivos y equipos en compañías como Air France-KLM, Enagás, Toyota, FCC, Banco de España, EY, Siemens, CNMV, CEOE o Mapfre, entre otras.
La obra arranca con una noticia médica que cambia la vida de Daniel, el protagonista. Recibe un undefined. A partir de ese momento, inicia un proceso de transformación acompañado por una enigmática mujer con la que mantiene 12 encuentros a lo largo de ese último año. No hay fórmulas mágicas ni soluciones rápidas, sino preguntas y decisiones que le obligan a mirar de frente lo que hasta entonces había evitado.
P. En el libro, el diagnóstico de una enfermedad grave obliga al protagonista a replantearse su vida. ¿Por qué muchas personas solo se detienen cuando el cuerpo les da un aviso?
R. Porque vivimos en automático. En una cultura de la inmediatez donde todo parece urgente, pero no necesariamente importante. Nuestra mente pasa gran parte del tiempo viajando al futuro —anticipando problemas, miedos o estrés— o enganchada al pasado, en la culpa, la nostalgia o el dolor. Mientras tanto, el presente, que es el único lugar donde realmente sucede la vida, se ha convertido en un territorio casi deshabitado.
El cuerpo, sin embargo, siempre habita el presente. Y habla. Primero susurra: cansancio, insomnio, ansiedad, apatía, tensión… Pero solemos ignorarlo porque estamos demasiado ocupados sosteniendo ese ritmo frenético. Hasta que un día deja de susurrar y grita. Y entonces ya no queda más remedio que parar.
Creo que muchas personas no necesitan una enfermedad grave para replantearse su vida, pero sí algún tipo de sacudida que rompa la inercia. A veces el cuerpo se convierte en ese mensajero incómodo, pero profundamente honesto.
P. ¿Qué relación existe entre estrés sostenido, desconexión emocional y salud física?
R. El estrés no es el enemigo; de hecho, es un mecanismo natural de supervivencia. El problema aparece cuando un estado que debería ser puntual se convierte en permanente y vivir en alerta deja de ser una excepción para convertirse en una forma de vida.
A eso se suma algo clave: la desconexión emocional. Muchas personas han aprendido a funcionar, producir y seguir adelante… pero no a identificar lo que sienten; muchas veces incluso a evitarlo. Lo que no se reconoce suele expresarse de otras formas, también en el cuerpo.
Cuerpo y mente no funcionan por separado. Lo que pensamos y sentimos impacta directamente en nuestro sistema nervioso y en nuestra biología.
Para mí, la inteligencia emocional no consiste en no sentir, sino en aprender a poner nombre a lo que nos ocurre y a gestionarlo con sabiduría. Evitar el malestar no lo resuelve; normalmente solo lo aplaza.
P. La novela habla mucho de respiración. ¿Por qué respirar bien puede ser una herramienta tan poderosa ante la ansiedad?
R. No sabemos utilizar bien una de las herramientas más poderosas con las que nacemos: la respiración. Y lo curioso es que está con nosotros toda la vida, pero casi nunca le prestamos atención.
La respiración refleja con mucha fidelidad nuestro estado interno. Cuando vivimos con ansiedad, miedo o sobrecarga mental, respiramos de forma rápida, superficial y entrecortada. Cuando estamos en calma, la respiración se vuelve más profunda y amplia. La buena noticia es que esa relación funciona en ambas direcciones: igual que la mente altera la respiración, aprender a respirar mejor puede ayudar a calmar la mente.
Además, la respiración nos devuelve al cuerpo, y el cuerpo siempre nos trae de vuelta al aquí y ahora. Por eso, prestar atención a la respiración puede ser un gran aliado para salir de esos bucles mentales que alimentan la ansiedad y recuperar presencia.
Y no hablo de retirarte a una montaña a meditar dos horas. Hablo de algo tan sencillo como hacer una pausa y respirar de forma más lenta y consciente en medio de una reunión difícil, conduciendo, caminando o incluso cocinando. A veces, pequeños gestos cambian mucho más de lo que imaginamos.
P. ¿Qué señales nos indican que estamos viviendo en modo supervivencia?
R. Vivir en modo supervivencia no siempre significa estar al borde de un colapso. A veces, desde fuera, pareces una persona perfectamente funcional… pero por dentro vives en alerta constante.
Las señales suelen ser bastante claras: insomnio o descanso poco reparador, irritabilidad, sensación de ir siempre con prisa, dificultad para concentrarte, tensión muscular, migrañas, ansiedad, necesidad de control, hiperexigencia o la sensación de que nunca llegas a nada. También algo muy revelador: haber perdido la capacidad de disfrutar de lo simple.
Cuando vivimos demasiado tiempo así, dejamos de responder a la vida y empezamos simplemente a reaccionar. Todo parece urgente, cualquier contratiempo se vive con intensidad desproporcionada y el cuerpo permanece como si hubiera una amenaza, aunque no haya un peligro real delante.
El problema es que muchas personas han normalizado ese estado y creen que vivir agotadas, aceleradas o emocionalmente desconectadas es simplemente ‘ser adultas’. Y no. Eso no es vivir plenamente; eso es supervivencia.
P. El protagonista arrastra culpa, tristeza y duelos no resueltos. ¿Cómo impactan las emociones no gestionadas en la salud?
R. La tristeza es una emoción profundamente humana y necesaria, especialmente ante una pérdida. Pero vivimos en una cultura que tolera mal el dolor; parece que hay que recuperarse rápido, seguir funcionando y ser fuertes. Yo creo justo lo contrario: muchas veces hace falta más valentía para sentir una emoción que para evitarla.
También conviene distinguir entre dolor y sufrimiento. El dolor es inevitable en la vida; el sufrimiento muchas veces aparece cuando nuestra mente se resiste a ese dolor, lo niega o queda atrapada en él. La culpa suele ser un buen ejemplo de ese sufrimiento añadido: rara vez repara nada y, sin embargo, puede mantenernos atrapados durante años en bucles de autojuicio.
Cuando los duelos no se elaboran, es como cargar mochilas emocionales llenas de piedras que terminan condicionando nuestra energía, nuestras relaciones y nuestra forma de estar en la vida. No se trata de recrearse en el dolor, sino de darle espacio para atravesarlo e integrarlo. Porque el cuerpo tiene memoria. Y muchas veces acaba expresando aquello que durante demasiado tiempo no nos hemos permitido sentir, nombrar o soltar.
P. ¿Qué papel puede tener el mindfulness en un proceso de enfermedad, sin caer en falsas promesas ni sustituir el tratamiento médico?
R. Conviene dejar algo muy claro: el mindfulness no es una terapia médica ni una receta milagrosa. Es una práctica de entrenamiento de la atención que nos ayuda a estar más presentes y a relacionarnos de otra manera con lo que estamos viviendo.
Ante una enfermedad, eso puede marcar una diferencia importante. Porque una cosa es el dolor, la incertidumbre o la dificultad real de una situación, y otra el sufrimiento añadido que muchas veces genera nuestra mente: miedo constante, anticipación, pensamientos catastróficos o ansiedad por lo que vendrá.
Practicar mindfulness no pretende cambiar un diagnóstico, pero sí puede ayudarnos a atravesar esa experiencia con algo más de calma, claridad y presencia, sin quedar completamente arrastrados por esos bucles mentales. Puede convertirse en una manera más consciente y compasiva de acompañar un proceso profundamente humano y complejo.
"La muerte no es lo contrario de la vida; es parte de ella"
P. En el libro se habla de la muerte sin dramatismo. ¿Por qué nos cuesta tanto abordar este tema desde la salud y los cuidados?
R. En nuestra cultura evitamos hablar de la muerte, de la pérdida o de la enfermedad como si ignorarlas pudiera mantenerlas lejos. Pero la muerte no es lo contrario de la vida; es parte de ella.
Creo que vivimos dándole la espalda a la muerte porque no podemos controlarla y nos conecta con nuestra propia fragilidad. En cierto modo, es la madre de todos nuestros miedos. Y quizá cuando empezamos a mirarla de frente, muchas otras preocupaciones pierden fuerza.
No creo que se trate de obsesionarnos con la muerte, sino de reconciliarnos con ella. Porque cuando recordamos que nuestro tiempo es limitado, muchas cosas se recolocan: las prioridades, la forma en la que vivimos, cómo amamos y lo que de verdad importa.
Hay una idea que atraviesa el libro: aprender a mirar la muerte también puede enseñarnos a vivir mejor. Quizá parte del miedo a morir tiene que ver, en el fondo, con no haber vivido del todo. Con habernos quedado a medias.
P. ¿Estamos preparados para acompañar emocionalmente a una persona que recibe un diagnóstico grave?
R. Acompañar a una persona que atraviesa una enfermedad grave no solo nos confronta con su dolor; también nos conecta inevitablemente con nuestra propia vulnerabilidad y con nuestra propia mortalidad. Y si no hemos mirado mínimamente ese miedo en nosotros, acompañar de verdad puede resultar muy difícil.
Creo que, en general, no estamos especialmente preparados. Muchas veces creemos que acompañar es tener las palabras perfectas, cuando lo más valioso suele ser simplemente estar. No hace falta tener respuestas para todo. Ni decir frases vacías como ‘todo irá bien’ cuando no lo sabemos. Acompañar emocionalmente también es aprender a sostener el silencio, la incertidumbre y la humanidad del momento.
P. ¿Qué significa para ti una “felicidad duradera” desde el punto de vista de la salud mental?
R. Para mí, la felicidad duradera no tiene nada que ver con una vida perfecta, con estar siempre bien o con esa versión superficial de felicidad que a veces nos venden. Desde la salud mental, la entiendo más como un estado de equilibrio interno que como una emoción permanente.
No significa ausencia de dolor, de pérdidas o de momentos difíciles. Significa desarrollar recursos internos para atravesar la vida sin depender constantemente de que todo encaje como queremos.
Creo que la verdadera felicidad nace del autoconocimiento, de la aceptación y de asumir la responsabilidad de nuestra propia vida, en lugar de vivir permanentemente a merced de las circunstancias externas. Las tradiciones contemplativas llevan siglos señalando una idea muy valiosa: que existe una alegría más serena y estable, que no necesita que todo vaya bien fuera para poder existir dentro.
P. El libro propone hábitos como meditar, moverse, tomar contacto con la naturaleza o reducir el ruido digital. ¿Cuáles son los más urgentes hoy?
R. Si tuviera que elegir un hábito urgente hoy, diría entrenar la mente. Ser soberanos de nuestra propia mente me parece una de las grandes urgencias de nuestro tiempo. Porque vivimos con lo que en mindfulness llamamos ‘mente de mono’: pasando de liana en liana, sin apenas control sobre lo que dejamos entrar en nuestra mente.
Por eso, prácticas como meditar unos minutos al día son una forma de llevar la mente al gimnasio y devolver equilibrio a un sistema nervioso saturado.
A veces explico la meditación con una imagen muy sencilla: es como pasar la manguera al patio de la mente. Hay mucho ruido acumulado ahí dentro.
P. ¿La hiperconexión y la sobreestimulación están empeorando nuestra salud mental?
R. Sin duda. Estamos hiperestimulados, consumiendo pequeños impactos constantes de dopamina —notificaciones, pantallas, estímulos, recompensas inmediatas— y eso nos acostumbra a buscar placer rápido, pero no necesariamente bienestar.
La multitarea se ha convertido en el menú diario de esta sociedad, pero el cerebro paga un precio altísimo en atención, en calma y en salud mental. Nos cuesta concentrarnos, descansar, sostener conversaciones o simplemente estar presentes en lo que hacemos. Vivimos entrenando la dispersión.
Y como decían nuestras abuelas, aprender a ‘estar a lo que estás’ sigue siendo una de las mejores recetas para una mente sana.
P. ¿Qué diferencia hay entre cuidarse desde la exigencia y cuidarse desde la amabilidad?
R. La diferencia está en el lugar desde el que nace ese cuidado. Detrás de la exigencia casi siempre hay miedo: miedo a no ser suficiente, a perder el control, a fallar o a no estar a la altura. Desde ahí, el autocuidado deja de ser cuidado y se convierte en otra forma de presión… y en más peso para la mochila.
Cuidarse desde la amabilidad no significa dejadez ni ausencia de disciplina. Significa escuchar lo que realmente necesitamos sin tratarnos como enemigos ni castigarnos constantemente. La salud mental no florece en la autoexigencia crónica, sino en una relación más consciente y compasiva con uno mismo.
P. En consulta, ¿ves cada vez más personas aparentemente exitosas pero emocionalmente agotadas?
R. Muchísimas. Personas que, desde fuera, parecen haber alcanzado todo aquello que esta sociedad asocia con el éxito: reconocimiento, logros, estabilidad, incluso admiración. Pero por dentro están agotadas, desconectadas o profundamente vacías.
Quizá porque hemos confundido éxito con rendimiento y felicidad con acumulación. Puedes tener una agenda llena y un alma vacía. Cada vez más personas se dan cuenta de que han construido una vida admirable… pero no necesariamente habitable emocionalmente.
"El cuerpo primero susurra… hasta que un día deja de susurrar y grita"
P. ¿Cómo se puede empezar a reconectar con el cuerpo cuando llevamos años ignorándolo?
R. No hace falta empezar con grandes cambios ni hacerlo perfecto. De hecho, el cuerpo suele reconquistarse con pequeños hábitos sostenidos, no con grandes gestos heroicos.
Muchas veces todo empieza por lo pequeño: respirar con conciencia, caminar sin móvil, comer con presencia, descansar mejor, parar unos minutos o simplemente preguntarte: “¿Qué necesito ahora?”.
El cuerpo siempre está hablando. Te susurra, te avisa, te celebra… La cuestión es si estamos dispuestos a volver a escucharlo.
P. ¿Qué mensaje te gustaría que recibiera alguien que está atravesando una enfermedad, un duelo o una crisis vital?
R. Le diría, antes que nada, que no está solo. Y que incluso en medio del dolor más profundo, esto también pasará. Tanto la alegría como el dolor forman parte de la experiencia de estar vivos.
A veces una enfermedad, un duelo o una crisis nos rompen… pero también pueden convertirse en una oportunidad de transformación, de aprendizaje y de regreso a lo esencial.
No hablo de romantizar el dolor ni de negar lo difícil. Hablo de atravesarlo con la mayor conciencia posible, con más aceptación y menos sufrimiento añadido.
La vida no viene solo a darnos momentos felices; también viene a enseñarnos. Y a veces las etapas más oscuras acaban revelando partes de nosotros maravillosas que aún no conocíamos.
El Confidencial
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